viernes, noviembre 20, 2009

Esto es todo, amigos

Foto de Mac Babs

Este blog ha decidido terminar su andadura aquí, y a mí no me ha quedado más remedio que estar de acuerdo.

Quienes me siguen posiblemente se pregunten qué ha cambiado para que yo llegue a tomar esta decisión. En realidad, ha sido un cúmulo de factores.

La falta de tiempo es uno de ellos, aunque no el más importante, pues cuando se tiene la motivación, se saca el tiempo de donde haga falta.

Una razón importante es que el objetivo principal de este blog es cubrir aspectos relacionados con el turismo, y pienso que a estas alturas la temática de los viajes ya está explotada hasta la saturación por parte de otros blogs (mucho mejores que éste) e imperios de la letra impresa como Lonely Planet y similares. Es improbable que en uno de mis viajes yo pueda descubrirle al lector algún dato que no esté documentado mucho mejor en otro sitio.

Además, desde mi viaje a Praga se han despertado en mí sentimientos encontrados acerca de la promoción del turismo. Cada vez quedan menos rincones en el planeta que no hayan sido mencionados por alguna guía de viajes. Y cada nuevo sitio que se añade a dichas guías corre el riesgo de perder su identidad original al pasar a formar parte de los circuitos turísticos. Por lo que si yo estuviera en posición de descubrirle al lector algún dato que no estuviera documentado en ningún otro sitio, no sé si lo haría.

La alternativa de contar mis viajes desde el punto de vista del crecimiento interior que suponen, en lugar de suministrar una colección de sugerencias de visita, probablemente diezmaría mi ya de por sí reducida clientela (soy fascinante, pero no tanto). Y teniendo en cuenta la inversión de tiempo y esfuerzo que me supone escribir cada artículo, no puedo permitirme el lujo de "escribir para mí misma sin importarme nada más". Lo admito: yo escribo para que me lean.

Por otro lado, echo de menos escribir en inglés. No creo que lo haga mejor que en español por aquello de que no es mi lengua nativa, pero el desafío me excita y me ayuda a ser más creativa. Durante mucho tiempo escribí artículos bilingües, pero eso lastraba mi frecuencia de publicación. Al abandonar el inglés en este blog, el recuento de lectores se triplicó. Ironías de la vida: a menudo, lo que uno quiere, a los demás no les gusta.

Por todo esto creo que ha llegado el momento de tomarse un descanso y emprender nuevos proyectos.

Me lo he pasado fenomenal escribiendo esta bitácora, y a todas las personas que se pasaron por estas páginas a leer o escribir sus comentarios, quiero darles las gracias por su tiempo y sus ideas.

En particular ha habido unas cuantas personas que de manera espontánea y desinteresada me manifestaron su admiración por algún artículo. Vuestros elogios llegaron en momentos clave y me animaron a seguir mucho tiempo. Además, viniendo de vosotros, cuyo criterio respeto mucho, el halago es doble. Así que gracias.

Hala, ¡a divertirse! Puede que algún día nos encontremos de casualidad en otra esquina de la red. Un abrazo a todos.

lunes, agosto 31, 2009

Museo del Prado: reclamar o no reclamar


Lo que escribo a continuación podría parecer un relato de ficción, pero no lo es, me sucedió ayer por la tarde en el Museo del Prado. La pinacoteca se encargó de añadirle la dosis de surrealismo que le faltaba a la exposición temporal de Sorolla. Sucedió más o menos como sigue:

ESCENA 1: PRINCIPIOS DE AGOSTO

- Buenos días, Museo del Prado, le atiende *****, ¿en qué puedo ayudarle?
- Buenas, llamaba porque estoy interesada en la exposición de Sorolla. Sé que en el Museo proyectan la película de su biografía, y me gustaría verla antes de visitar la exposición. Antes de comprar las entradas, quería asegurarme de que puedo entrar al Museo a ver la película a pesar de que mi entrada para la exposición sea para dos horas después de la proyección.
- Le informo de que la película "Cartas de Sorolla" se proyecta sólo dos días a la semana, los sábados por la mañana y los domingos por la tarde.
- Ya lo sé, lo he visto en la web. También he visto que de aquí a septiembre ya se han agotado todas las entradas para los sábados, así que sólo puedo ir en domingo.
- Los domingos la película se proyecta en el Auditorio a las 17 horas.
- Exacto. La película empieza a las cinco y dura dos horas, así que si comprara las entradas para la exposición de las 19 h, en teoría debería darme tiempo a ver la película antes de entrar en la exposición. Lo que quería preguntarle es si me van a dejar entrar al museo a ver la película a las cinco a pesar de que mis entradas sean para las siete.
- Puede usted comprar las entradas para el domingo a mediodía, ver la exposición tranquilamente, y luego a las 17 h pasar a ver la proyección de la película.
- Claro, pero es que verá usted, yo de la vida de Sorolla no sé nada, y me gustaría ponerme en contexto viendo la película antes de entrar a ver la exposición, y así después, para cuando vea los cuadros, ya me conoceré la historia y sabré qué es lo que estoy viendo.
- Ah, ya... Bueno, es que como lo que nos pregunta usted es una petición un poco especial, voy a tener que consultarlo para saber cómo se puede hacer, le ruego que se mantenga a la espera...

Vaya por Dios, toda mi vida intentando hacer algo de extraordinario, y sólo tenía que llamar y hacer una pregunta como esta.

-¿Señora? Le informo de que puede usted ver la película antes de entrar a la exposición, para lo cual puede usted comprar las entradas a través de Internet para el domingo 30 de agosto a las 19 h, imprimirlas, y cuando vaya usted el domingo, media hora antes de que empiece la película, se dirige usted a las taquillas del museo, les enseña sus entradas impresas, y pide usted permiso para entrar con adelanto para ver la película.

A la operadora se le olvida indicarme que el tiempo estimado para realizar la visita es de un mínimo de hora y media, que los domingos el museo cierra a las 20 h, y que si compro las entradas para las 19 h no me va a dar tiempo a ver toda la exposición.


ESCENA 2: DOMINGO 30 DE AGOSTO, TAQUILLAS

- Buenas tardes, verá, tengo aquí mis entradas para la exposición de Sorolla para las siete, pero quería entrar a ver la película a las cinco...
- A ver, traiga aquí las entradas.
- No, no, espere, es que mi caso es un poco raro, por teléfono me dijeron que si compraba las entradas para las siete, tendría que pedir un permiso especial para que ustedes me dejaran entrar al museo a ver la película a las cinco.
- Es que yo lo de las operadoras no lo entiendo, les encanta hacer las cosas mucho más complicadas de lo que son. Qué permiso especial ni qué historias. Mire aquí el ticket. La entrada al museo es libre desde las 9 de la mañana, y el auditorio está dentro del museo, así que usted puede entrar cuando quiera. Luego, a las siete, se dirige usted a la sala de la exposición de Sorolla. Pero le advierto de que tendrán que verla rapidito, porque a las ocho se cierra el Museo.

¿Cómoooo? Mi pareja y yo nos miramos. Al final de la visita habrá que poner una reclamación.

ESCENA 3: SALA D, FINAL DE LA VISITA

- Señores, son las ocho menos cinco, deben ustedes abandonar la sala, vamos a cerrar.
- Sí, lo sabemos, no se preocupe, nos quedan tres cuadros, enseguida nos vamos.
- Tienen que irse, el museo cierra ahora.
- Sí, lo hemos entendido, sólo nos faltan estos dos cuadros, por favor.
- Es que si ustedes no salen primero los demás visitantes de la sala tampoco van a querer irse porque no verán a nadie salir de la sala.

¿Así que nosotros debemos dar ejemplo a los demás?

- Sólo un segundo...
- Márchense.

Bajamos la escaleras automáticas. Un vigilante se ha apostado al principio de la escalera de subida para impedir que los visitantes accedan a la segunda parte de la exposición. Le rodea una muchedumbre con cara de asombro. Una pareja de ancianos, empuñando sus audioguías, no dan crédito:
- ¿Por qué no nos deja subir?
- Son las ocho, el Museo cierra ahora, deben marcharse.
- Pero nadie nos había dicho que cerraba a las ocho. Sólo hemos visto la mitad de la exposición.
- El museo está cerrado, no pueden subir.
- Pero si no nos iba a dar tiempo a ver la exposición entera, ¿por qué venden entradas para las siete? ¿Por qué no venden las últimas para las seis de la tarde, o nos avisan antes de comprar las entradas? ¿Por qué no nos han avisado al alquilar las audioguías?
- Reclamen ustedes si quieren, pero no les puedo dejar subir.
- ¡Pues claro que vamos a reclamar!

ESCENA 4: MOSTRADOR DE RECLAMACIONES

- Por favor, ¿podría darme una hoja de reclamaciones?
- Por supuesto, en cuanto acaben de reclamar estos señores.

Mientras esperamos se ponen a la cola otras ocho personas con intención de reclamar. Relleno mi hoja, la firmo y la señora del mostrador me la sella. Mientras mi pareja hace lo propio, la señora nos advierte:
- Ahora tendrán ustedes que esperar a que los demás rellenen sus reclamaciones antes de poder salir.
- ¿Por qué?
- Porque el Museo ha cerrado, el personal ya se va a sus casas, los jefes de sala están revisando el museo y por normativa ustedes no pueden andar por el museo solos, alguien del personal debe escoltarles hasta la puerta.
- ¿Y no puede llamar a alguien para que nos acompañe?
- No, lo siento, no hay nadie, deben ustedes esperar a que todos los demás acaben de reclamar y entonces les acompaño a la puerta.
- Verá usted, es que no tengo intención de robar nada.
- Es normativa del Museo.
- Lo sé, si no la culpo, pero es una norma absurda y no pueden retenerme aquí contra mi voluntad si ya he terminado de hacer mi reclamación y quiero irme a mi casa.
- No puedo hacer nada.
- Entonces páseme otra vez el libro, que quiero poner otra reclamación.

Ponemos en total cuatro reclamaciones entre mi chico y yo, y mientras tanto la señora sigue ignorando las quejas de todo el grupo.

- Usted se ha puesto a reclamar más tarde de las ocho, el museo ha cerrado, y no hay personal disponible para acompañarla a la entrada, así que tiene usted que esperar.
- Mire usted, no es culpa mía que tenga que reclamar y ustedes no hayan previsto esta situación.
- Usted está aquí reclamando porque quiere, nadie la ha obligado.

Recórcholis, acaban de descubrir mi pequeño vicio secreto: reclamar porque sí.

Tercia en la conversación mi pareja:
- No señora, estamos reclamando porque es nuestro derecho.

Ni por esas. Pasan por nuestro lado algunos miembros del personal del Museo que ya se han quitado el uniforme y se van para casa. La señora del mostrador no les pide que de camino nos lleven a la puerta. Llama por teléfono a alguien y unos minutos después aparecen dos compañeros con el uniforme del Museo que cuchichean con ella, pero ninguno mueve un dedo.

Una madre de dos niños, que acaba de rellenar su reclamación, le espeta:
- Ya he terminado, no me va a hacer usted quedarme aquí con dos niños pequeños, ¿no?
- No pueden salir hasta que no acaben los demás.
- Esto es indignante, ¡es un secuestro! ¡Es como para llamar a la Policía!
- Pues llámeles usted si quiere.

Así que llamamos al 091, ella con su móvil, y yo con el mío. Ella tiene mala suerte y le remiten a un número de la Policía del Museo. A mí me hacen más caso:
- Policía.
- Buenas tardes, llamaba para hacerles una consulta. Estoy en el Museo del Prado, acabo de poner una reclamación por razones que no vienen a cuento, y ahora me dicen que no me dejan salir del edificio hasta que todas las personas que van detrás de mí en la cola acaben de poner sus reclamaciones. Hay mucha cola y me quiero ir a casa ya. Quería preguntarles si el Museo tiene derecho a impedirnos salir.
- ¿Cómo? ¿Pero qué razón le han dado?
- Dicen que por normativa del Museo, después de la hora de cierre los visitantes no pueden andar solos por el Museo, y que ahora mismo no hay ningún miembro del personal disponible para acompañarnos a la salida.
- ¿Y quién les va a acompañar cuando acaben todos de poner sus reclamaciones?
- Pues supongo que la señora del mostrador de reclamaciones.
- Hombre, no sé, si lo dice la normativa del Museo...
- Pero es que yo ya he terminado de reclamar, me quiero ir a mi casa, estoy en mi perfecto derecho de hacerlo, y me retienen aquí dentro en contra de mi voluntad. Yo a esto lo llamo secuestro.
- No, hombre, no, secuestro no, no será para tanto, pero sí que es un poco de locos lo que me cuenta, le voy a enviar un coche para allá para que nuestros oficiales aclaren esto.

Les digo a los otros:
- Van a mandarme un coche patrulla.

- ¿Me dice usted que está en el Museo del Prado? ¿En qué dirección está eso?

¿Pero es que no queda claro con el nombre?

- En el Paseo del Prado, no sé qué número. Estamos junto a la entrada del museo de la Puerta de los Jerónimos.
- Es que en el ordenador me salen dos distritos, Centro y Retiro, no sé dónde mandarle el coche.

Madre mía, para una emergencia estamos. Espero que nunca me ataquen en esta zona.

Mientras decido si la señora del mostrador aceptaría decirme cuál es la dirección del Museo, aparece corriendo un guardia jurado que nos invita a acompañarle a la salida. Se lo digo al policía al teléfono y me dice que si ya he puesto la reclamación entonces no parece necesario enviar el coche patrulla. Nos despedimos y sigo al guardia jurado a la puerta. Allí veo a unos diez guardias jurado que han estado allí todo el tiempo. ¿No se podía haber avisado a estos guardias para que nos escoltaran hasta la puerta?

Mi conclusión es la de siempre: este es un país de pandereta. Así fomentamos el turismo cultural en España. Me tiro semanas preparando esta visita, y a cambio me llevo:
  • Un dolor de cabeza para encontrar una fecha disponible en que aún queden entradas
  • Una teleoperadora que no tiene ni idea
  • Una estafa porque mi entrada vale lo mismo que las demás pero a mí me dejan menos tiempo para ver la exposición
  • Y no me avisan de ello
  • Una exposición abarrotada de gente donde cuesta trabajo ver las obras (¿Pero el aforo no era limitado? ¿Para qué he sufrido yo entonces con los cupos de la venta online de entradas?)
  • Unas prisas por echarme de la exposición que rayan en la grosería
  • La tienda del museo, cerrada para cuando salgo (Esta tienda no se puede visitar si no se compra entrada antes. Así que puedo volver otro día, pero pagando otra entrada)
  • Un tratamiento nada cooperativo por parte de la empleada del mostrador de reclamaciones
  • ¡Y una retención contra mi voluntad!

Y todo esto, pagando por la entrada. Si llego a ir de gratis, lo mismo me hacen barrer el museo después de cerrar. Aviso a navegantes.


La fotografía de la cabecera de este artículo es cortesía de procsilas.

lunes, agosto 03, 2009

Música por instinto

Al parecer, la escala pentatónica (para entendernos, la "caja de herramientas" de sonidos básicos que se usan, por ejemplo, en la música china o la nativa americana) resulta tan natural al cerebro humano que todas las personas son capaces de reproducirla instintivamente, independientemente de su procedencia.

En la edición de 2009 del World Science Festival, el cantante neoyorquino Bobby McFerrin acudió como invitado a la charla "Notes & Neurons: In Search of the Common Chorus", y realizó un experimento con el público, pidiendo que entonaran con él un par de notas musicales distintas. Para sorpresa de todos los asistentes, sin más ayuda que esas notas iniciales, el público fue capaz de improvisar toda la escala pentatónica.

El cantante indica, al final del vídeo, que lo más interesante del experimento es que no es la primera vez que lo realiza, y en todos los lugares del mundo donde lo ha ensayado siempre ha obtenido el mismo resultado, sin importar la ubicación geográfica del evento. Parece que el cerebro del ser humano trae programada esta escala musical "de fábrica"...

lunes, julio 27, 2009

Sorpresa en Disneyland

Parece que una visita a Disneyland puede cambiarte la vida...

sábado, julio 25, 2009

Recuerdos de Vietnam, parte 3: El mercado de Bac Ha


Vietnam tiene forma de caballito de mar con una cabeza melenuda. Su "melena", por así decirlo, serían las montañas del norte, y en la frontera con China se encuentran las ciudades de Lao Cai, Bac Ha y Sapa. Toda la zona de las montañas es de visita casi obligada, por el exotismo de sus gentes y sus paisajes (nada que ver con el resto del país), por ser la zona donde se acabó finalmente con el colonialismo francés, y sobre todo, porque es el lugar elegido por los propios vietnamitas para ir a pasar su luna de miel en tierras fresquitas, y si a los nativos les gusta, tiene que ser bonito.



Para llegar a Lao Cai desde Hanoi se puede ir en coche, pero casi todo el mundo prefiere desplazarse en tren nocturno, para no perder las valiosas horas de luz que se pueden dedicar al turismo, y también para evitar una red de carreteras de infarto. Hay varios trenes-hotel de distintas categorías que hacen la ruta Hanoi - Lao Cai; nosotros escogimos uno de los más lujosos, y aún así el tren daba repelús y el baño no llegué a inspeccionarlo, porque el olor tiraba para atrás desde una distancia de varios metros. En cualquier caso, dormimos como troncos y amanecimos en la estación de Lao Cai, un domingo por la mañana con brisa fresca y lluvia fina.

Lao Cai es el final de trayecto de la línea de ferrocarril, y desde ahí ya sólo se puede mover uno en coche. Aunque nosotros teníamos reservado un hotel en Sapa para pasar la noche, nuestra primera etapa de la excursión iba a ser Bac Ha, un pueblecito escondido en las montañas que cada domingo cambia totalmente de aspecto, ya que alberga el mercado más popular de la zona.

Para llegar hasta allí tomamos la única carretera existente, que está asfaltada en la mayor parte del recorrido, pero en la parte final se convierte en camino de tierra, y como los últimos días había llovido, los corrimientos de tierra habían hecho desaparecer algunos trozos, y lo que quedaba se había convertido en un lodazal. Los locales ya deben de estar acostumbrados porque pasaban con sus motos a pocos centímetros de nuestro minibús a toda velocidad, pero a mí se me encogía el estómago al vernos hundirnos en una laguna en mitad de la carretera con el agua hasta la matrícula.

Pasamos junto a muchas casas humildes (más bien cabañas) hechas de madera, y en los mejores casos vimos casas de ladrillo construidas exactamente igual que si estuvieran en mitad de una ciudad con escasez de solares, pese a estar aisladas en mitad del campo: la fachada muy estrecha, y muy profundas, igual que los edificios antiguos en Holanda. Desde que nuestro guía nos explicó el motivo de semejante distribución, no puedo dejar de sonreír al verlas. En Vietnam el impuesto de la vivienda se paga no por la superficie de la casa, sino por la anchura de la fachada principal. Hecha la ley, hecha la trampa: todas las construcciones tienen la anchura de una habitación modesta, pero se prolongan varios metros hacia el fondo. Esta decisión fiscal (un poco torpe, en mi opinión) ha determinado por completo el aspecto de todas las ciudades del país, y a los ojos del turista la configuración resulta muy exótica y entrañable.


Durante todo el trayecto fuimos pasando junto a caminantes que iban hacia el mismo lugar que nosotros. Los hombres vestían en su mayoría ropas occidentales, pero la mayoría de las mujeres llevaban las ropas tradicionales de los hmong, la etnia predominante en el lugar. Son de origen chino, aunque tienen su propia cultura, y llevan siglos asentados en las montañas del norte como una minoría étnica frente a la etnia kinh que predomina en el resto del país. Dentro del gran pueblo hmong hay divisiones subétnicas que se pueden distinguir por el vestido tradicional. Por ejemplo, los hmong negros llevan ropajes teñidos de negro mientras que las mujeres hmong flor llevan una explosión de colores en sus faldas.

Los hmong viven repartidos por las montañas en casas aisladas o en núcleos poco poblados. En su vecindad hay poca gente y siempre están los mismos. Encontrar pareja o simplemente socializarse es difícil y sólo hay una ocasión semanal para hacerlo, el mercado dominical. Por eso, ya puede caer el diluvio universal o desaparecer la carretera, que los hmong buscarán la manera de llegar hasta el mercado, aunque eso suponga vadear kilómetros de lodo intentando no manchar sus mejores ropas. Esos sufridos ligones eran los personajes que nos acompañaban en nuestro camino.

Llegados a Bac Ha, hay que dejar el coche aparcado en el pueblo, pues al mercado sólo se puede acceder a pie. Consiste en un gran descampado donde se montan los tenderetes agrupados por zonas según sea la mercancía a vender. Aparte de algo de artesanía y unos bollos fritos de harina de arroz deliciosos, hay pocas cosas a la venta útiles para el turista, pero el espectáculo merece la visita.

Las frutas y verduras están a la vista y a los pies de todos. El colorido es impresionante. La zona del textil es la más pintoresca, pues además de ropa de corte occidental, también se venden las telas con las que se confeccionan los trajes las mujeres hmong flor. A mis ojos todas las telas eran iguales, pero ellas se pasaban largo rato decidiéndose por unas o por otras, pidiendo el consejo de todas las mujeres de alrededor.

Pasé también junto a montañas de zapatos apilados, un herrero en acción y mujeres vendiendo gasolina al peso que guardaban en bidones.

Todos los puestos estaban cubiertos de lonas de plástico para protegerlos de la lluvia, y había que andarse con ojo, porque cuando las lonas se llenaban de agua al máximo de su capacidad, aliviaban el peso sin avisar vertiendo un enorme chorro sobre el turista desprevenido de turno.

La zona de la pescadería no es apta para sensibilidades delicadas. La mejor manera de conservar el pescado fresco es mantenerlo vivo hasta que un cliente lo elige para su compra, momento en que se mata y se despedaza, no siempre en este orden. En cambio, sí hay una zona de carnicería donde las piezas de carne (principalmente ganado vacuno y porcino) se venden "ya muertas" y se exponen sobre mesas durante todo el día. Las moscas se ignoran.

Hay otra zona más apartada donde se puede comprar el ganado vivo. Vi ventas de cerdos vietnamitas (pequeños, negros y muy chillones), cachorros de perro (para guardar la casa o para añadir al puchero), vacas y caballos.

Como los asistentes al mercado pasan allí todo el día, también hay una zona dedicada a restaurantes donde se sirven cuencos de pho (sopa de carne, fideos y verduras) en mesas compartidas y se puede ver el culebrón de turno en pequeños televisores. Sólo vi a nativos sentados en aquellos lugares. Los turistas prefieren los bares-restaurantes de ladrillo del centro del pueblo.

Ese día, al menos, los nativos superaban a los turistas en el mercado. En Bac Ha el turismo todavía no ha corrompido del todo la atmósfera. Cuando un turista se acerca a un puesto o a un vendedor, se le anima a comprar la mercancía, pero el resto del tiempo el paseante extranjero es ignorado cordialmente, y si llueve y no se anda con cuidado será golpeado desde todas las direcciones por los paraguas de nativos apresurados que no renuncian a sus compras por malo que sea el tiempo.

Por el hecho de conservar todavía algo de autenticidad, y por el homenaje que representa para ojos, oídos y narices, merece mucho la pena incluir una visita a este mercado en la ruta por Vietnam.


Aquí tienes el resto de artículos de la serie sobre Vietnam:

Parte 1: Vestirse para Hanoi

Parte 2: KOTO y la oportunidad de vivir dignamente

Parte 3: El mercado de Bac Ha



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