Recuerdos de Vietnam, parte 2: KOTO y la oportunidad de vivir dignamente
Nuestra primera visita en nuestro viaje a Vietnam, que debía ser el Templo de la Literatura de Hanoi, se vio literalmente ahogada por las lluvias, al convertirse todo el barrio que rodeaba al templo en un estanque de medio metro de profundidad. Aún conservo las entradas sin estrenar porque, ya se sabe, siempre hay que dejarse algo sin ver para tener una excusa para volver.
Supongo que el turista español, acostumbrado al buen tiempo en su país, nunca deja de sorprenderse cuando viaja lejos y descubre que las condiciones atmosféricas pueden alterar sus planes. Allí estábamos nosotros, desconcertados, con las entradas en la mano pero separados del templo por un lago, deambulando a un lado y otro de la acera exterior al recinto, buscando zonas secas donde pisar o trepar, y mirando con pena los tejados de las pagodas del templo, que ya no visitaríamos, pero que podíamos atisbar por encima del muro si saltábamos lo suficientemente alto.
Tanto desconcierto inevitablemente tenía que abrirnos el apetito. Hanoi es un paraíso para los aficionados al turismo gastronómico, y los improvisados restaurantes callejeros inundan desde el mediodía las calles con los efluvios de sus guisos. Nota: queda demostrado que para montar un restaurante uno sólo necesita un hornillo, un wok y un par de sillas. El olor de la comida y el hambre de los transeúntes harán el resto.
Nosotros no nos atrevimos a probar estos restaurantes típicos en Hanoi. Las vacaciones acababan de comenzar y aún tomábamos alguna precaución contra la diarrea, de las que aconsejan en la web del ministerio de Asuntos Exteriores. Los mandamientos dicen: No comerás nada que no haya sido cocinado. No tomarás fruta o verduras que no hayas pelado o lavado tú. Beberás siempre agua embotellada que abran delante de ti. Si se siguen estas instrucciones a rajatabla, el estreñimiento está garantizado, y finalmente uno se abalanza sobre la lechuga sin lavar y bebe agua a morro del grifo del baño, tratando de capturar esas benditas bacterias que liberen el "tapón".
Pero como los primeros días de las vacaciones los votos aún se respetan, al entrarnos hambre acudimos a nuestra guía de Vietnam en busca de consejo. La recomendación no estaba lejos; en el apartado "Dónde comer en Hanoi" había un epígrafe titulado "Cenar por una buena causa" donde se señalaban varios restaurantes sin ánimo de lucro que con sus beneficios tratan de sacar a la gente de la pobreza. Y uno de ellos lo teníamos justo delante, en en el número 61 de Pho Van Mieu, junto al Templo de la Literatura: el restaurante KOTO.
La andadura de este restaurante comenzó en 1996, cuando Jimmy Pham, australiano de origen vietnamita, viajó a Hanoi, trabó amistad con algunos chicos que vivían en la calle en la más absoluta pobreza, y supo que su mayor deseo no era ser ricos, ni famosos, ni vivir en un país del primer mundo. Sólo ambicionaban recibir educación y aprender habilidades que les permitieran obtener un trabajo estable que les diera para vivir, allí mismo.
Pham se puso manos a la obra, y abrió este establecimiento, que empezaría siendo una tienda de sandwiches para convertirse después en un restaurante conocido internacionalmente. Todos los trabajadores del restaurante son chicos recogidos de las calles, que participan en un programa educativo que dura dos años y les enseña lo necesario para defenderse en la vida además de inglés, cocina y hostelería. Cuando el curso termina, los chicos se colocan a trabajar en hoteles y restaurantes, y en muchos casos van a la universidad. Después de recibir su formación en KOTO, están en condiciones de mantenerse ellos y a sus familias. En este vídeo de la BBC lo explican todo con mucho detalle.
Por una vez, las críticas de este restaurante en TripAdvisor me parecen injustas. Aunque la mayoría de los comentaristas alaban la iniciativa y la calidad de los platos, he encontrado quejas surrealistas acerca de la higiene personal de los camareros, su nivel de inglés "deficiente" o "una mala relación calidad/precio". Por experiencia puedo decir que nada de esto es cierto: la limpieza del lugar y el personal era escrupulosa, los camareros hablaban un inglés estupendo, la carta era amplia y ofrecía platos vietnamitas y europeos, los precios eran más que aceptables y los platos eran un regalo para la vista y el paladar. Una imagen vale más que mil palabras, así que aquí os la dejo, junto con mi recomendación de este restaurante y de la gastronomía vietnamita en general.
Puedes leer el primer artículo de la serie de Vietnam aquí: Parte 1




